Durante años, la idea de traer la fabricación de semiconductores de alta tecnología a Estados Unidos ha sido promovida como una estrategia clave para fortalecer la seguridad nacional, aumentar la resiliencia de la cadena de suministro y reducir la dependencia de Asia, particularmente de Taiwán y China. Sin embargo, la realidad económica y los números reales muestran una historia distinta y más compleja.
Un análisis reciente basado en datos de SemiAnalysis revela que fabricar chips avanzados en Estados Unidos resulta significativamente más costoso que en Taiwán. En concreto, la producción de obleas de 5 nm en 2025 en una fábrica en Taiwán (Fab 18 de TSMC) tiene un coste total aproximado de 6.681 dólares por oblea, mientras que en una instalación en Estados Unidos (Fab 21, fase 1) ese coste se eleva a 16.123 dólares, casi un 141% más caro. La diferencia en margen bruto por oblea también es notable: en Taiwán se obtiene un beneficio de aproximadamente 10.819 dólares por unidad, en contraste con solo 1.377 dólares en Estados Unidos, resultando en una rentabilidad casi ocho veces menor.
Estas cifras no solo reflejan un simple desfase de precios, sino que ponen en evidencia una serie de factores estructurales que encarecen enormemente la producción en Estados Unidos. Uno de los principales elementos es la depreciación por oblea, que en Taiwán es de unos 1.500 dólares, frente a los 7.289 dólares en EE.UU. Esto se explica por la menor escala de producción mensual: Taiwán maneja aproximadamente 90.000 obleas al mes, mientras que en Estados Unidos la capacidad instalada está en torno a 24.000. La menor escala implica que los costes fijos, como la amortización y el mantenimiento, se distribuyen entre menos unidades, elevando el coste por oblea.
Además, los costos laborales en EE.UU. tienen un impacto considerable, alcanzando los 3.600 dólares por oblea en comparación con los 1.800 dólares en Taiwán. Aparte del salario, los aspectos logísticos, de disponibilidad de personal y cultura operativa también influyen en la mayor pujanza del coste en el mercado estadounidense. La producción de alta tecnología requiere intervenciones frecuentes y de rápido respuesta, lo que puede traducirse en más horas de trabajo y mayores gastos.
Los costos en materias primas y costes variables también muestran diferencias importantes, sumando un incremento del 100% en materiales y un 71% en costos variables en EE.UU. incluso cuando ciertos gastos como utilities y consumibles permanecen similares entre ambos lugares. La estructura de costes evidencia que el mayor gasto no reside solo en poner en marcha la planta, sino en cómo se produce y cómo se gestiona diariamente.
Por otro lado, el capital invertido (capex) en EE.UU. es menor en cifras absolutas—14.380 millones de dólares frente a los 27.000 millones en Taiwán—lo que, a primera vista, podría parecer una ventaja. Sin embargo, dada la menor escala y volumen de producción, esa inversión no se traduce en menores costes unitarios. La producción en Estados Unidos todavía no ha alcanzado la eficiencia necesaria para reducir los costes asociados a menores economías de escala.
Todo esto implica que, para compensar estas diferencias, las empresas tendrán que optar por diversas estrategias: aumentar los precios para sus clientes, aprovechar incentivos gubernamentales y subvenciones, incrementar la escala de producción o reservar capacidad en fábricas específicas según necesidades logísticas o regulatorias. Sin embargo, ninguna de estas soluciones elimina totalmente las barreras económicas derivadas de menores volúmenes y mayores costes estructurales.
En consecuencia, la idea de replicar simplemente una fábrica de Taiwán en suelo estadounidense no es viable solo con inversión. La construcción y creación de un ecosistema industrial completo—que incluya proveedores, talento y cultura de alta eficiencia—es fundamental. La producción de semiconductores avanzados es una operación compleja que requiere tiempo, recursos y una economía de escala consolidada.
En definitiva, la diversificación de la fabricación no solo responde a razones estratégicas y de seguridad, sino que también genera costos sustanciales que deben considerarse en el diseño de políticas industriales. La decisión de producir en EE.UU. tendrá que sopesar estos factores económicos y estratégicos, conscientes de que la “fábrica más cara” puede elevar los precios finales para los consumidores y afectar la competitividad global del sector.
¿Hasta qué punto los gobiernos y las empresas aceptarán pagar ese coste adicional, y cuánto tiempo será necesario para que la inversión en capacidad local dé frutos en términos de eficiencia y precios? La respuesta determinará en buena medida el futuro de la industria de semiconductores a nivel mundial.
